Crítica: Le temps du loup de Michael Haneke, 2003
17 abr 2012
Todos tenemos la sensación de que la humanidad está llegando a un límite. Todos tenemos parte de culpa en esto. No sabemos cómo fue, ni cuando exactamente, pero parece que ahora la mayoría de la población empieza a concienciarse de que los gobernantes son simples marionetas dirigidos por vampiros en la sombra. El dinero rige nuestras vidas. Los presupuestos nacionales se invierten en armas para crear guerras donde no las hay. Entregamos nuestras vidas al trabajo diario con el único fin de poder mantenernos a nosotros y a nuestras familias, mientras que otros se enriquecen y se sustentan a través de un sistema que nosotros apoyamos desde la parte más baja.
En la televisión aparecen diariamente noticias relacionadas con armas de destrucción masiva, atentados suicidas, recortes económicos en aspectos prioritarios para la población, hambre, enfermedades, descaro político y monárquico para con sus pueblos... y la gente intentando rebelarse. Y a todo esto sumamos las profecías del fin del mundo del 2012 —más propagándisticas que otra cosa a estas alturas—. Pero, ¿será verdad?, ¿estamos viviendo el fin de nuestra civilización?
El cine de Michael Haneke se centra en la crítica hacia la situación de la sociedad burguesa actual. Nos creemos a salvo de todo. Parece que el dinero así como la comodidad de la vida occidental, nos mantienen al margen del terrorismo, de la violencia y de los conflictos internacionales. Somos espectadores de unos problemas que parecen no afectarnos. De unas muertes que no se diferencian mucho de las de las películas o las series de televisión, salvo que en las imágenes de los telediarios no hay actores ni litros de ketchup. Haneke nos recuerda que toda la sociedad del bienestar es una simple ilusión. Enfrenta a familias adineradas a situaciones incómodas que no se esperan y en las cuales, el dinero no puede ayudarlas. Es una forma muy hábil de desestabilizar nuestra percepción sobre una fe impresa, acerca de una seguridad que cada vez parece más irreal, algo de cartón, como el decorado de una obra de teatro barata.
"En cualquier caso, la película no se centra en el porqué, si no en algo mucho más importante; la adaptación social ante este inesperado evento".
El tiempo del lobo utiliza también esta gramática del director europeo. La película asume el título de la mitología germánica, dónde el momento anterior al Apocalipsis es conocido de esta forma. En este ambiente es dónde Haneke nos sitúa nada más empezar la película, y quizás una de las mejores aportaciones del film es algo que ni siquiera está, es decir, a lo largo de todo el guión esperamos conocer el porqué de esta situación pero poco se dice al respecto. Apenas unos breves detalles como la escena en la que los protagonistas pasan cerca de una hoguera donde arden los cuerpos de algunos caballos. ¿Nos habla de una epidemia quizás? ¿Contaminación a través de productos químicos? ¿Guerra biológica? En cualquier caso, la película no se centra en el porqué, si no en algo mucho más importante; la adaptación social ante este inesperado evento.
Quizás sea una película dificil de digerir para algunos y que provoque pesadillas a otros tantos. Porque la realidad duele siempre y nos trastorna cuando la miramos a los ojos. Porque las posibilidades de que algo rompa nuestra rutina diaria están ahí, y de lo único que podemos estar seguros es de tenernos a nosotros mismos. El tiempo del lobo es sin duda una obra maestra que nos da donde más nos duele y nos ayuda a reflexionar sobre aspectos viscerales que tratan nuestra propia existencia. Una película necesaria de ver en estos tiempos tan prófeticos en los que nos encontramos actualmente.
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