Una habitación propia

Una habitación propia

    A menudo buscamos algo a nuestro alrededor. Nos afanamos en escudriñar paisajes, ambientes, momentos, personas... Aun a sabiendas de que todo está muchísimo más cerca. 

 


Una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder escribir novelas.

 

Virginia Woolf.

 

    Habíamos pintado las paredes de la habitación aquel verano y mientras el sol se colaba con furia entre las flores y hierros del balcón pensé en la luz, la inspiración, la gente en la calle, el ruido y los silencios pero, por supuesto, en lo que más pensé fue en Virginia. Traté de encontrar por Internet la respuesta a por qué nos obsesionamos creyendo que tal vez Punset me la daría, pero no hallé nada útil, así que volví a reflexionar sobre aquella frase: …una habitación propia. Nosotros ya teníamos una y me había ocupado de llenarla con pequeñas cosas bonitas. Ahora daba forma a la posibilidad de incorporar un espacio para la lectura, un sillón, una lamparita y libros, muchos libros. «Dar forma a una posibilidad» ¡Bendita imaginación! Sin embargo, a pesar de cuidar cada mínimo detalle, la idea perfecta -ajena al mundo material- no venía, ni siquiera acertaba a olerla.

 

    Tras la religiosa pereza de los domingos por fin fuimos a visitar el gran jardín. Su estilo renacentista me trasladaba, de cuando en cuando, a lo que debió ser la Academia florentina; el sonido del agua siempre presente susurraba los clásicos griegos; y el verde apagado de la vegetación bajo el gris del cielo, evocaba la perfecta armonía de la naturaleza. La duda se materializó en aquel laberinto de arbustos, sin saber si lo que buscábamos era una entrada o una salida, a cualquier cosa nos aferrábamos con tal de salir de allí. La eterna pregunta delante de nuestros ojos, hecha de savia y viva. Conscientes de que estábamos perdidos y no teníamos rumbo, conscientes de la vida misma.


        «La duda se materializó en aquel laberinto de arbustos, sin saber si lo que buscábamos era una entrada o una salida».


    Volvió Virginia y la habitación. Había estado dentro de ella esperando a las musas y había salido a buscarlas en aquel laberíntico jardín. Quizás la respuesta estuviese en aquello del «dinero», pero si bien esto habría de darme de comer, para qué lo querría además. Era fácil pensar en ello desde su perspectiva, una mujer luchando por la dignidad de ser mujer. Hoy todo es más fácil, la mujer es la machista ahora, o eso me parece cuando veo el modo en que se vende como objeto y burla, dependiente de gestos y palabras que la lleven al éxtasis. La vergüenza de nuestro género frente a aquellas que caminan despacio, que escuchan, observan y se preparan para hacer posible que la vida avance. Las heroínas casi siempre anónimas. Mujeres libres, con su vida, y su dinero.

 

    Tendría que volver entonces a la habitación. Pasé horas dentro de ella, minutos, segundos, más horas y más segundos y tantos espacios de tiempo que resultaban ya inabarcables para el Hombre. Leía, disfrutaba la música, observaba las motas de polvo bailar en la luz, los visillos color carmín volar, incluso dejé de comer y, a veces, de respirar. Estaba en aquel espacio incluso cuando me encontraba en otro lugar, pero con la mente aún vacua. Hasta que el lunes, en las primeras horas de la tarde, se apareció ella, como un fantasma, su figura alta, esbelta y pálida de tristes ojos grandes me reveló, en una frase de palabras certeras y tranquilas, que aquella habitación era yo. Y fue entonces cuando todo se llenó. 

 

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Pies de foto:


    [Imagen principal] Virginia Woolf. Ana Pallares (2014).

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Comentarios
[01 nov 2014 19:21] Don Chencho Villa escribió:
Tres puntos que me han dejado roto totalmente:
1.- El por qué de las obsesiones. Y escribe un Licenciado en Medicina que un día tuvo vocación de psiquiatra.
2.- "La mujer es la machista ahora, o eso me parece cuando veo el modo en que se vende como objeto y burla, dependiente de gestos y palabras que la lleven al éxtasis". En este caso la que escribe sí es una MUJER. Y sin necesidad de grandes esperpentos ni reclamos delirantes.
3.- El momento en que todo se llenó. La habitación soy yo. Genial. Imprescindible.

Mención aparte la delicadeza y la precisión de tus palabras. Gracias.
[02 nov 2014 11:46] Miguel Ángel escribió:
Si un texto plantea el difuminar la estrecha línea entre lo real y lo quimérico, deberemos, pues, aplaudir la mente cuya inteligencia supo plasmar dichas palabras y conseguir con ello que todo fuese mágico por unos momentos. No es difícil encontrar inspiración en estas expresiones que nos presentas; acabas de darle pan al que tiene hambre y agua al que tiene sed. Para dar hay que dejar de pedir. Para dejar de pedir hay que estar lleno.
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