Holocausto a la Justicia

Holocausto a la Justicia

    Está en nuestra esencia el regirnos por patrones que buscan nuestro propio beneficio. Más allá de nosotros mismos, debe existir una idea platónica de Justicia, pero ¿cómo acercarnos a ella?

 


    Qué fácil debe ser sentirse gobernado por unos códigos morales ya escritos. Cuando es el propio Dios quien te habla y te dice: «Abraham, coge a tu hijo y llévalo al monte para ofrecérmelo en holocausto». Ahí no hay discusión. Si Dios te dice eso, tú coges al niño con la intención de pasarlo por el cuchillo (luego no hace falta, porque era una broma de Dios). El problema viene cuando esos códigos morales no existen. Cuando tenemos que encaminar nuestros pasos por senderos que no sabemos si son del todo justos.


        «¿Acaso alguna vez alguien, una sola alma, ha presenciado un hecho justo al margen de la monstruosidad, la depredación o la pura necedad? Jamás. No existe ni una remota probabilidad para la justicia en ningún sentido: nos limitamos a acarrear de un lado a otro los mismos y eternos fardos de inmundicia. Todo aquello que alguna vez se nos presentó como bueno, ha de haber engendrado, antes o después, las más repulsivas atrocidades…» (Hernández, 61)


    A veces me pregunto quiénes somos. Qué derecho tenemos a decidir. ¿Está bien decidir sobre nuestra vida? Al fin y al cabo, es algo inevitable. Ahora escribo estas líneas, y podrían ser muchas otras las que ocupasen su lugar. Pero escribo éstas ¿por qué?


    No consigo entender cómo existe gente que carece de este principio primordial. El preguntarse. El cuestionarse. ¿Cómo puede existir gente que esté tan segura de hacer una cosa y no otra? ¿Cómo se pueden tomar decisiones cuando hay mucho más en juego que tu propia existencia?


    Este tipo de gente responde a un patrón muy concreto, donde la prepotencia y el egocentrismo definen una personalidad que en realidad es débil. Gente que se ha sentido rechazada y ha decidido construir una identidad basada en ese odio que ellos mismos han sufrido. El haber sido conscientes por un momento de sus defectos y no querer enfrentarse a ellos de nuevo. Y en ese ambiente crece el carácter, crece el temperamento sobre unos cimientos que apenas pueden soportar su propio peso. ¿El problema de esto? Nunca más podrá enfrentarse, una persona de este tipo, a sus imperfecciones, porque corre el riesgo de desmoronarse. Porque sabe que la estructura que sustenta su identidad es frágil. Está edificada a través de una mentira.


        «¿Quién es el único que tiene motivos para evadirse, mediante una mentira, de la realidad? El que sufre de ella» (Nietzsche, 51).  


    Y es bajo estas circunstancias cuando aparecen individuos cuya codicia y ambición superan los límites éticos y morales que muchos tenemos por absolutos. Personajes que utilizan argumentos vacíos para defender valores antidemocráticos, aunque se amparen bajo la bandera del pluralismo y del progreso. Sujetos sin escrúpulos, que únicamente buscan el bien particular, sin tener en cuenta los intereses generales.


    Uno de los ejemplos más claros de esta tendencia es el polémico intento de implantación de la propuesta de ley contra el aborto. ¿Cómo puede una persona tener tal seguridad para imponer su criterio ante un hecho que afecta de forma directa a otras personas que no son ella misma? Para empezar, ¿cómo puede un hombre tratar de sojuzgar el papel y el derecho de cualquier mujer a decidir sobre su embarazo, cuando ni siquiera está en su naturaleza masculina exponerse a una situación similar?


    Es la prepotencia la cualidad que señala a estos individuos. El saberse más importante que los demás. El imponer el criterio de uno mismo porque está más cerca de la verdad que cualquier otro.


    Estos problemas no son para nada nuevos. La problemática derivada del intento de imposición de unos criterios sobre otros era un tema estudiado por los sofistas. Fue Protágoras de Abdera uno de los primeros en enseñar a sus alumnos a entender los dos puntos de vista de una discusión y a defender uno u otro, alternativamente. En ocasiones, a través de la habilidad del discurso, se podía llegar a exponer de una manera más creíble la parte que en principio parecía menos razonable. ¿Cómo podemos —sabiendo esto— estar seguros de que lo que nosotros pensamos que está bien, es bueno en realidad?


        «Nada es de un modo u otro, sino en la medida en que así le parece a alguien. Lo mismo ocurre en el terreno moral y político. Cuando creo que algo es bueno, nunca me equivoco. Lo que creo que es bueno, es bueno para mí. Y si otro cree que es malo, es malo para él» (Mosterín, 169).


    El ser humano es la medida crítica de todas las cosas. Pero no todos los seres humanos somos iguales. A un mismo hecho, pueden existir dos realidades igualmente válidas, aunque difieran completamente en el resultado de una parte a la otra. ¿Qué es entonces lo verdadero? ¿Hay algo verdadero?


    Platón criticó a los sofistas por el uso de la argumentación para sacar un beneficio propio. Para imponer «su verdad» sobre una posible Verdad absoluta. Actualmente, nuestros políticos hacen uso de una demagogia similar —aunque carente, en muchos aspectos, de la excelencia que regía los diálogos sofistas—. Es más, los discursos de los políticos en la actualidad pueden calificarse de mediocres. Somos muchos los que nos cuestionamos constantemente el sentido y el doble sentido que pueden esconder las palabras de nuestros líderes, y esto es debido a la falta de consistencia que denotan todos sus discursos.


    Pero volvamos a la pregunta de antes: ¿hay algo verdadero? Sin quitar mérito a la práctica sofista de que «lo bueno para mí es bueno, aunque para otro puede ser malo», debemos hacer caso a Platón e intentar hacernos con la esencia de las formas verdaderas. Hay que tratar de evitar regir nuestro pensamiento en pos de un «yo» y un «tú» porque, evidentemente, nuestra naturaleza va a buscar siempre el beneficio particular. Debemos ser conscientes de que por encima del hombre existen reglas inmutables. Tienen que existir medidas universales que amparen nuestros derechos por igual, y es en la búsqueda de estos preceptos donde debería concentrarse el esfuerzo de los que nos gobiernan.


    También es cierto que no podemos culpar por todo a los políticos. Debemos asumir que nosotros mismos hemos contribuido a edificar este sistema despreciable y a colocar a esos personajes en lugares donde pueden decidir sobre nuestro futuro como les parezca. Debemos ser conscientes de que la Justicia como tal, no existe en la actualidad. Ni siquiera la RAE ofrece una definición clara de lo que debería ser la Justicia. Es probable que esa Justicia que buscamos no se pueda expresar a través de la palabra. Pero podemos intentar imaginarla. Podemos intentar acercarnos a ella. Para empezar, debemos plantearnos lo correcto y lo incorrecto de nuestra posición. Las cosas que hacemos «mal» y «bien» (entendiendo estos conceptos más allá de nuestra propia persona). Esto no es más que una forma de acercarnos al pensamiento de Sócrates, «sólo sé que no sé nada». Cuando la pitia de Delfos anunciaba que era éste mismo, Sócrates, el hombre más sabio de Grecia, y este hecho se resumía en que era el único capaz de darse cuenta de su propia ignorancia. Hace falta que nos cuestionemos. Que cuestionemos nuestro lugar, nuestra ideología, nuestros intereses. Para partir del precepto de «sólo sé que». Puedo tener la razón o puedo, por el contrario, no tenerla. «Sólo sé que soy imperfecto». «Sólo sé que lo absoluto no existe en cuanto a la posibilidad de mi pensamiento». «Sólo sé que el otro puede tener más razón que yo». «Sólo sé que no sé nada». «Sólo sé que no soy nadie».


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Pies de foto:


[Imagen principal] Laia Arqueros (2014) Holocausto a la Justicia.

 


Bibliografía:


HERNÁNDEZ, F. (1989). Naturaleza. Barcelona: Editorial Anagrama, S. A.


MOSTERÍN, J. (2013). La hélade. Madrid: Alianza Editorial, S. A.


NIETZSCHE, F. (2011). El anticristo. Madrid: Alianza Editorial, S. A.

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Comentarios
[01 may 2014 11:05] Miguel Dávila escribió:
Pensamiento crítico. Crítico hacia fuera y hacia dentro.
Adolecemos mucho de él en estos tiempos.
Gran editorial, sí señor.
[01 may 2014 11:23] Miguel Ángel escribió:
Gracias Miguel. Precisamente, son los tiempos actuales los que deberían obligarnos a llevar a cabo ese pensamiento crítico.
[01 may 2014 13:09] Miguel escribió:
Muy interesante.
[01 may 2014 16:56] María escribió:
Una editorial realmente buena, rebosante de lucidez.
[04 may 2014 21:03] Don Chencho Villa escribió:
Genial una vez más, Miguel. Me gustan todas tus editoriales pero con esta y la anterior me siento personalmente muy identificado. Hay veces que es difícil no sentirse "solo" cuando unos se plantea este tipo de cosas. Esta revista está demostrando ser un referente en muchos aspectos, que como bien decía Miguel Dávila más arriba, esta sociedad adolece. Mi más sincera enhorabuena por ese ejercicio introspectivo que realizas cuando escribes líneas como las que nos has dejado en esta editorial.