Clasificando la moral

Clasificando la moral

    ¿Alguna vez te has preguntado cuál es la mágica chispa que convierte lo psicológico en algo físico? De qué forma algo que vemos nos estremece, algo que escuchamos nos hiere, algo que vivimos nos marca. Me gustaría poder ver el proceso a través de una lente todopoderosa o un escáner. ¡Qué maravilla descubrir lo hasta entonces desconocido! Yo sólo soy una niña, una mujer, un hombre, un ser que cree saberlo todo, que se cree amo del mundo pero ni siquiera alcanza a conocerse a sí mismo. Un animal racional de dudosa moralidad.

 

    Uno de los grandes placeres con los que se deleita, en exceso, el hombre es clasificar. Nos encanta clasificarlo todo. La escuela se encarga de inculcarnos tal gusto, enseñándonos a diferenciar entre vocales y consonantes; círculos, rectángulos y triángulos; sujetos y predicados; largas listas de cosas que sean de un color u otro; carnes, vegetales, legumbres y lácteos; niños buenos y niños malos. Como buena droga que se precie, va creando adicción, hasta convertirse en una parte de nosotros, de nuestra forma de pensar, de nuestra forma de ser y vivir. Así que, acabamos clasificándolo todo. El mundo entero dividido por países, raza, religión, poder adquisitivo, sexo, tendencia sexual, edad, grados de belleza, inteligencia, avaricia, felicidad y tiempo de vida. Todo. Absolutamente todo en largas listas de las que nadie ni nada puede escapar.

 

    En esa absurda pero enquistada realidad todo ocurre y nos afecta de acuerdo a un orden jerárquico, también preestablecido por el hombre, claro. Sucedió que hace unas semanas «el mundo occidental fue duramente golpeado por el terrorismo islámico» (por favor, analice mentalmente la frase). París, capital de los derechos fundamentales, la libertad de expresión y todas las demás etiquetas que queramos colgarle, sufrió un atentado contra su honor, su orgullo, su derecho y su aparente estabilidad. No voy a entrar a cuestionar si se cumplen o no las pesquisas revolucionarias, si es un ejemplo de hermandad de razas y verdadera igualdad, sea el lector quien decida su propia definición de la justicia.

 

    Que un hombre le robe la vida a otro es un atentado contra la Humanidad, no importa el motivo, ni la forma, pues modos de matar hay muchos, pero nuestra voz debe ser la misma para condenar. 


        «Debería dejar de de ver los telediarios porque me dan ganas de llorar».


    De repente, todos somos Charlie Hebdo, nos sentimos identificados, heridos de algún modo, vulnerados en nuestra burbuja de oro de mundo «desarrollado». Lo hacemos por pura empatía, uno de esos doce hombres podríamos haber sido nosotros mismos una mañana de trabajo, o nuestros padres, o un amigo. ¡Qué pena y miedo, darse cuenta de que no hay lugar seguro! El mundo entero se conmociona, la prensa, las redes sociales, la gente por la calle. A todos nos duele, a todos nos salpica la sangre. Un crimen injustificable.

 

    Debería dejar de de ver los telediarios porque me dan ganas de llorar. No sé si a alguien más le pasa, pero yo no necesito cine, las lágrimas se me escapan con la pura realidad. Hace unos meses, poco antes de las fiestas navideñas, hablaban los informativos de un atentado en Pakistán: 141 muertos, 132 eran niños, 124 personas heridas, 121 de ellos niños. Nueve hombres entrando en una escuela y disparando al azar, clase por clase, a sangre fría, sin piedad, contra niños ajenos, hasta entonces, al mal del hombre.

 

    Salvo algún titular en la prensa mayoritaria, no vi ningún comentario, ninguna conmoción a semejante brutalidad, nadie cambió su foto de perfil en Facebook, nadie subió imágenes o ilustraciones de apoyo o denuncia. Nada. Todos callados, haciendo vida normal. Tal vez porque Pakistán no es nuestro perfecto mundo occidental; tal vez porque aquéllos no eran nuestros hijos, ni lo podrían ser; tal vez porque no nos importa lo que ocurre más allá de nuestras narices.

 

    Dime, ¿no te da a ti pena esta doble moralidad?


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Pies de foto:


    [Imagen principal] Carol Jiménez (2015).

 

 

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