Té con miel
SOCIEDAD

Té con miel

    Un poco de ese sabor profundo y aromático. No hace falta que te guste, calienta el cuerpo y aclara las ideas. Lo otro que se estila por aquí es el alcohol, como en cualquier paraje bohemio que se precie; pero la verdad, es que va perdiendo puntos.


Nos vemos en Berlín.


     Las noches de miércoles a lunes están teñidas de gabardinas, cerveza y carmín al ritmo de las diferentes galerías de arte. El paso por alguna de las exposiciones es obligado, incluso tienes donde escoger en tu agenda.

 

    Puede que te hayas levantado con aire de público de performance, te apetezca culturizarte en una conferencia o quieras algo un poquillo más transgresor y lucir alternativo y radical. Las ofertas son múltiples y variadas y, como siempre que el término «mucho» roza lo demasiado, hay que cavar con las dos manos para encontrar algo decente.

 

    Pero tampoco nos engañemos, hay pequeñas maravillas y grandes oportunidades. O más bien a la inversa. Todo depende de qué se busque.

 

    Los cafés (que no el producto en sí) incitan a la inspiración y el concepto co- working está la orden del día.

 

    Pero Berlín vive del aire.

 

    Del aire que desprenden esas pocas piedras viejas que aún quedan en pie y del olor a resaca de una especie de movida tardía de los ochenta, convertida en respuesta cultural.

 

    Berlín es la meca de los artistas (que no del arte). Y nadie puede decir por qué.

 

    Como en todo cruce, el asomarse a las conversaciones pertinentes y saludar a las caras indicadas puede abrirte muchas puertas. Ésta, como siempre, es una de las razones.


        «Berlín es la meca de los artistas (que no del arte). Y nadie puede decir por qué».


    La otra, más de índole histórico, se basa en los intentos de repoblación durante la Guerra Fría a base de rentas irrisorias o pisos gratuitos que, por supuesto y pese a sus contras, venían muy bien para quien trataba de vivir de la producción artística.

 

    No podemos olvidar todo el movimiento social que envolvió a la capital alemana pero del que, en este momento, no quedan más que un par de reminiscencias en la tendencia a declararse non-profit y el típico revival estético.

 

    El alquiler de los locales, que continúa siendo barato, y el dinamismo paranoico que azota la ciudad son un buen contexto para el florecimiento de las galerías. Y es que no es que haya muchas, es que hay miles. Y por supuesto, con todas las probabilidades que esto conlleva.

 

    Probabilidades de que veas cosas todo tipo, de que alguien se digne a ojear tu trabajo, de que te tiendan la mano (nadie dice si para bien o para mal) y te digan que, por fin, hay un espacio para ti en su escaparate. Probabilidades de que, incluso si esto no sucede, puedas montarlo tú mismo y comiences a regentar un espacio a pie de calle con cuatro o cinco personas más. Probabilidades de que entre tanta cosa pierdas el criterio y la noción de realidad, porque en esta era de la superproducción de imágenes, del acoso informativo-visual, cualquier intento de discernimiento queda diluido entre las corrientes.


    Y esto mismo es lo que pasa con Berlín. Sólo que, además, parece perdido en la línea del tiempo.


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Pies de foto:


    [Imagen principal] Inma Lorente (2014).

 

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Comentarios
Ángeles Díaz
Tejedora de historias, si supiera tejer, bebedora compulsiva de té y adicta al concepto del papel.
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Júlia Solans Viñeta mensual