Viaje a través de lo imposible
CULTURA

Viaje a través de lo imposible

    «Cada uno vive el mundo que es capaz de imaginar». Con esta palanca emocional y con una timidez impropia, me dejo arrastrar hacia el fondo de los océanos cuan Capitán Nemo y me adentro en la exposición que el Espacio Telefónica dedica actualmente a Julio Verne y a los confines de su mundo e imaginación.

 

    Una vez superada la timidez, y tras ofrecerle mis respetos al maestro de Nantes, que sentado nos recibe a los exploradores del siglo XXI, empiezo a dejar que fluya mi pensamiento lateral. No es difícil; escenarios insólitos, bestiarios, cartografía de los confines de la tierra, aparatos que vuelan y surcan los mares… Si quieres, puedes atravesar todos los elementos: aire, mar, hielo y sucumbir a la atracción del universo desafiando el espacio y el tiempo.

 

    Verne soñaba con llegar, a través de sus personajes, a los rincones más remotos de la tierra y el Cosmos. Desde su gabinete, imaginaba y se ilustraba sin límites. Yo me pregunto: ¿Cómo se aproximó tanto al futuro? ¿Fue un visionario o una fuente de inspiración que daría luz al mundo? O ¿quizá fue un elegido de la Sociedad de la Niebla junto a su buen amigo Alejandro Dumas? Y de ahí el guiño de nombrar Phileas Fogg al excéntrico protagonista de su novela «La Vuelta al Mundo en 80 días».

 

    Todo esto me eriza la piel mientras me hundo en un sofá enorme y mullido en el que intuyo que puedo ser engullida por una bestia y arrastrada al viaje al centro de la tierra junto al profesor Lidernbrok, pues he descubierto su secreto, que son hijos de la niebla.

 

    Con cierto esfuerzo, logro salir del sillón que en realidad era una puerta a otra dimensión, ante la mirada del vigilante, que se ríe y hasta hace un amago de ayudarme. Pero con un saltito de dignidad, me pongo en pie para dirigirme a la zona Lunar. El pulso se me acelera y me anuncia que quizá de ésta, no voy a poder escapar tan fácilmente…


    «Verne soñaba con llegar, a través de sus personajes, a los rincones más remotos de la tierra y el Cosmos».


    Estamos solos, su imaginación sin límites, la fiebre lunar y yo, torpe con la cámara de fotos, no manejo la psicomotricidad cuando me invade la emoción. Creo escuchar música, me giro y descubro la luz del tótem geodésico que muestra al aventurero veinte formas de viajar al satélite a través de la literatura de todos los tiempos.

 

    Vuelvo a girar, sigo sola con el universo de Verne. Me sobrecoge y me siento afortunada. De la pared lucen carteles dedicados a la luna, entre ellos imágenes de películas de Méliès, propiedad del imaginario fantástico colectivo entre muchos otros evocadores de principios del siglo XX.

 

    Tras mi viaje selenita de la mano de los tres valientes protagonistas de «Alrededor de la Luna» (1869) que se atrevieron a viajar hasta allí en una bala de cañón hueca, y lo más importante, consiguieron volver a la Tierra, yo también hago mi aterrizaje particular. Y tras descubrir bonitas sinergias de Julio con otros colegas soñadores y aventureros con los que está conectado de algún modo; así Isaac Peral, Orson Wells, Luis Salvador de Austria o Julio Civera nos acompañan en este viaje al fascinante mundo de Verne.


 

    «Verne no tenía límites», revela una profesora entusiasmada a su adolescente auditorio que la escucha con los sentidos a flor de piel de los aventureros noveles. Vuelvo a hacer un barrido onírico por la exposición y creo captar un mensaje encriptado a través de ondas beta. No lo puedo desvelar… Verne me vigila desde su gabinete, del que a penas no se movió para recorrer el universo.

 

    Me despido del capitán Nemo, de Farragut, de Barbicane, y como no de Phileas Fogg (sabe que conozco su secreto…) Están felices todos, junto a su padre, el que creyó en ellos y les hizo volar, explorar, creer, surcar y soñar.

 

    Saben que serán eternos, en el increíble mundo que se atrevió a imaginar.

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    [Imagen principal] Silvia García Díaz (2016).

 

    Más información en Fundación Telefónica.

 

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