Mi vida con mí
CINE

Mi vida con mí

    Justamente el día en que me paralizaba la noticia de la muerte de David Bowie, me planteaba que la muerte es la única cosa que aún no hemos terminado de asimilar. Muchos queríamos creer que el Duque Blanco era inmortal, un marciano que había venido de otro planeta para hipnotizarnos con su extravagancia y su plenitud artística, que la magia que nos había hecho sentir en mil ocasiones era real, que un puto cáncer no iba a terminar con él, humanizándolo ante nuestros ojos, mostrándolo por primera vez como alguien vulnerable y susceptible de los males terrenales; la realidad volvía a actuar como una máquina demoledora de sueños.

 

    Divagaba sobre una idea que me ronda mucho últimamente; si hemos asimilado todo a lo largo de nuestra existencia, nos hemos hecho inmunes ante el odio, la violencia, la injusticia, la pobreza o la religión, hemos asumido las creencias propias y ajenas, la vida en otros planetas, la galaxia, el cosmos, el karma, el desamor, la tristeza… ¿Qué nos pasa con la muerte? ¿Por qué nos resistimos a creer que somos finitos? ¿Por qué queremos creer que los nuestros también lo son? Es algo muy extraño, más aún sabiendo, desde que tenemos uso de razón, que es nuestra única certeza universal, la certeza de que todos tenemos un fin.

 

    De una manera u otra, sin querer ser muy conscientes de ello, la muerte está presente en nuestras vidas, por eso todos le hemos dedicado pensamientos fugaces en incontables e incontrolables ocasiones. Yo mismo hubo un tiempo en el que, mirándola en la distancia, me regodeaba en pensamientos fúnebres como ajeno y valiente ante su macabro poder. Pensaba en gilipolleces del estilo ¿Me echará de menos alguien? ¿Cómo será la vida sin mí? ¿Y sin ellos? ¿Será rápido? Si supiera que me queda poco ¿Qué debería o querría hacer antes de irme?, quizás éste último era de las cuestiones más recurrentes en mi morbosa curiosidad.

 

    Culpo de mi malsano interés a Sarah Polley en «Mi vida sin mí» de Isabel Coixet. Esa escena en la que Ann, en la calidez de una cafetería, redacta su lista de cosas que hacer antes de que siga su vida sin ella, ha constituido un pilar muy fuerte en todo mi sistema de creencias cinematográficas y vitales. Desde ese momento empecé a ver cierta belleza en la idea de irse de este mundo y saberlo con antelación; se me antojaba ese momento, hasta entonces trágico, como la verdadera oportunidad de remendar todos tus errores y de permitirte el lujo de hacer o decir lo que nunca te habías atrevido. Comenzó mi particular historia de amor con esa temática sobre despedidas agridulces, con desarrollo agrio y final dulce, que destilan «feeling good», esperanza.

 

    Todo ese tipo de pelis me obligaban a revolver mi cajón mental de lecturas positivas y me llevaban a la errónea idea de que el tiempo se debe aprovechar con más intensidad cuando sabemos que es limitado. Empecé a creer que toda mi vida estaba formándose a base de estúpidos hábitos y creencias que me llevaban a perder el tiempo en banalidades como no ver más allá de mi ombligo o ser mi propio eje rotatorio dejándome arrastrar por una espiral de rutinas y convencionalismos que otros habían inventado para mí.

¡Qué idiotas y qué vacuos somos!, sólo invertimos nuestro tiempo en hacer propósitos razonables cuando se acaba el año; sólo reaccionamos ante los finales.

 

    En algún momento de mi post adolescencia me sorprendí escribiendo mentalmente mi lista de cosas que hacer antes de morir; te das cuenta en ese momento de que no hay nada que no puedas hacer ya, hoy, ahora y lo más increíble es que la mayoría de las cosas en las que reparas no tienen nada que ver con los deseos materiales, porque cuando tú llegas a tu punto y final la vida te da una última hostia de relatividad y descubres lo que de verdad importa, paradójicamente puedes tener la opción de sentirte más vivo que nunca. Muchas veces creo que, de alguna manera, estamos muertos en vida pensando en tener un buen coche aparcado en el garaje de un edificio de minúsculos apartamentos, en el centro eso sí; nos dejamos engañar por falsos símbolos de triunfo vital.


    «¿Qué nos pasa con la muerte? ¿Por qué nos resistimos a creer que somos finitos?»


    Ver atardeceres; ver amaneceres; decirte que te quiero; celebrarle lo rica que le salen las migas y lo bien que huele siempre; leer más; pararme a escuchar música; ver pelis con alguien para charlarla después; abrazar más; llamar más por teléfono y decir que echo de menos; escuchar mucho, no oír; hacer saber a los demás lo que te importan; visitar a mis hermanos y recordar batallas; reírme todos los días, más; crearles a mis sobrinos mundos justos e irreales; ser un valiente; decirle a la gente en que acierta y en que falla; tomar café sin el móvil; aprender a gestionar silencios incómodos; ser más natural, eso no puede hacer daño a nadie; conducir; cantar; conducir cantando; tocar y oler…

 

    Es a todo a lo que debemos aspirar, por donde debemos empezar, por salir de nuestro letargo infundado y boicotear el mecanismo de nuestra máquina rutinaria; sólo así no tendremos nada que escribir porque no nos habremos dejado nada por hacer, nada por decir y hacerlo ya porque quizás no tengamos el privilegio de saber que nos queda poco.

¿Haría Bowie su lista? ¿Se dejaría algo por decir? ¿Por hacer?

 

TRUMAN (Cesc Gay, 2015)

 

    A la última película del cineasta catalán Cesc Gay la tildan como la más accesible y la más humana de su filmografía; particularmente creo que durante toda su trayectoria ha sabido plasmar perfectamente las inquietudes y los dilemas morales de muchas generaciones de aburguesados e inconformistas personajes que no han tenido suficiente con su acomodada vida. «En la ciudad» o «Una pistola en cada mano» están repletos de personajes que dialogan sobre cosas que todos hemos vivido o nos hemos planteado en algún momento.

 

    Pero sí es cierto que Gay, apoyado en el maravilloso tándem Cámara/Darín, nos hace perder y recuperar el aliento con «Truman» y una legión de espectadores da fe de ello. Cosechando una cantidad de premios y reconocimientos allí donde se ha exhibido «Truman» cuenta el encuentro entre dos amigos cuando a uno de ellos le diagnostican una enfermedad terminal y decide morir dignamente; los 4 días que pasan juntos dan para más que toda una vida y para vivir ese encuentro en toda la plenitud de la palabra.


    «Cuando tú llegas a tu punto y final la vida te da una última hostia de relatividad y descubres lo que de verdad importa».


    Cuando llevas el 90 % de tu vida viendo películas, sabes cuando llega una para quedarse, una de esas que desde la primera vez que la ves sabes que vas a volver a ver doce o trece veces más; una de esas con la que conectas desde el minuto uno, por la música quizás; una de esas que está plagada de escenas que seleccionarás y te pondrás como mini cortos en cualquier momento; una de esas que te hace reír y llorar, pero de verdad, hasta asentir o negar con la cabeza como si fueras personaje activo del diálogo de los protagonistas; una de esas que va sobrada de química entre sus actorazos, y que va sobrada de sensibilidad sin sensiblería; una de esas que tiene un guión sencillo pero de una profundidad que cala; una de esas que hace que el cine tenga sentido y que la vida merezca la pena, puede incluso que hasta la muerte.

 

    Atentos a los Goya de este año.

 

YO, ÉL Y RAQUEL (Alfonso Gómez Rejón, 2015)

 

    Reconozco tener particular debilidad por todos los productos que han tenido éxito en Sundance. Aunque estos productos tienen seguidores y detractores a partes iguales, realmente me fío poco de aquellos que piensan que no tienen alma. Debería establecerse por derecho propio un nuevo género o subgénero cinematográfico, el «melodrama indipster», un género que tendría como máximo exponente a «Annie Hall» de Woody Allen.

 

    «Frances Ha», «Adventureland», «Moonrise Kingdom» o «Mientras seamos jóvenes» son algunas muestras de esta nueva oleada de pelis pobladas por personajes que tiene mucho que decir y mucho que aportar a la cultura pop, llenando sus sentidas conversaciones, sobre el amor, los miedos y las inseguridades; además actúan, e interactúan, de manera tierna e inteligente (que no por ser un cliché has de ser idiota) en escenarios calculadamente cools tales como librerías, tiendas de discos o cafeterías de decoración folk con muebles vintage a medio lijar.

 

    «Yo, él y Raquel» es el último ejemplo de esta nueva moda y esta «hipsteria». Mezclando hábilmente la edulcorada «Bajo la misma estrella» con toda la ristra de joyitas antes mencionadas, la cinta cuenta la historia de Greg, un chaval en su último año de Instituto cuyo único afán es pasar desapercibido para tener el privilegio de observar al resto de la fauna que le rodea. Pasa su tiempo con su único amigo Earl con el que versiona sus películas favoritas en super 8. Las vidas de Greg y Earl darán un vuelco cuando la madre del primero le obliga a tener una cita con su vecina Rachel enferma de leucemia.

 

    Conquista, enternece, divierte y educa el corazón desde el principio gracias al acertado casting. Del resto se encarga un guión sólido lleno de momentos y conversaciones hilarantes y repletas del amor que se le pone a una historia contada al servicio de un final inolvidable, por bello y doloroso, y que hará que pase dulcemente una moraleja con fifity fifty de miel y hiel.


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Pie de foto:


    [Imagen principal]: Luiki Alonso (2016). 

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