Cuentos Urbanitas II: El universo intimista de los colores (y lo mucho o lo poco que nos queda del pensamiento romántico)
LITERATURA

Cuentos Urbanitas II: El universo intimista de los colores (y lo mucho o lo poco que nos queda del pensamiento romántico)

    Igual que en la fenomenología más trascendental, hemos de recordar que no es más que el reflejo rebotado lo que percibimos, determinado incluso por el rango de ondas que nuestro ojo es capaz de apreciar.


Rojo. Rojo, como color y como forma. Es una sinestesia, un caos de sentidos. Solo la palabra ya tiene fuerza como para comerse el mundo, como para ser icono. Es lo prohibido. y atrae. Y caminas hacia él para comprobar que no puedes atravesarlo. Lo ves, y escuchas un no que te grita que si, que te saltes el semáforo. El rojo es la sangre, las pasiones, es correr detrás de lo que quieres. Y conseguirlo. Son los objetivos. Las ganas de todo. Es. Por sí solo. Y no le hacen falta más colores para entender que puesto en un lienzo ya funciona, como un mecanismo de una sola pieza. Monocromo. Máquina. Déjalo secar y no lo mezcles con nada. Es el corazón. Una verdad de las que importan.

 

(Ana Ferrer, 2011)

 

     No sé si han oído ustedes alguna ve hablar de John Berger. Espero que sí, porque de lo contrario habrían perdido un buen pedazo de sus almas... Claro que, quién dijo nunca (y nunca es tarde para para comenzar).

 

     Puede incluso que, aunque lo conozcan, no hayan tenido el mismo tipo de acercamiento que yo; al fin y al cabo, todos somos humanos. Pero supongo que yo quiero quedarme con esa imagen en la que contempla un amarillo.

 

     No me importa él, aunque lo recuerde con los hombros tensos, en actitud pensativa y concentrada a un mismo tiempo, me importa el color, el amarillo que contempla (y cómo es contemplado). Porque luego, eso es lo que cuenta.

 

    Podría sentarme en las miles de estanterías y recomendarles, uno a uno (para algo soy bibliotecario) cada uno de sus libros. Cada una de sus novelas, cada uno de sus ensayos, de sus apuntes, de sus escritos sobre arte y de sus formas de mirar. Cada uno de sus trazados y contemplaciones. Pero no puedo evitar quedarme, justo, con el que él no escribió.

 

He tomado la observación de Matisse de que “un metro cuadrado de azul es más azul que un centímetro cuadrado del mismo azul” y te he hecho otro librito. Esta vez se trata de un librito más ligero, menos de dos toneladas, que quizá contenga parte de cielo.

 

«Te mando este rojo cadmio. Una correspondencia entre John Berger y John Christie».

Eulalia Bosch. Editorial Actar, 2000, (p.50).

 

    Todos tenemos algo de voyeur, no podemos escapar de nuestra condición humana.

 

    El arte y la publicidad juegan con ello cada día. Claro que, con esto de las redes sociales, somos nosotros, los espectadores, quienes hemos tomado la delantera con una iniciativa de lo más desvergonzada.

Pero bueno, permítanme ustedes que no me desvíe por ese camino y deben perdonar desde luego, lo rápido que me emociono, pues soy de genio fácil.

 

    Como iba diciendo, no es la primer vez que nos someten a esa postura de vigilante furtivo y en la que, a lo que nosotros respecta, nos sentimos de lo más cómodos.

 

    Normalmente, en el caso de la publicidad, no es sólo esa cámara subjetiva quien nos hace partícipes, sino que la trama se va desarrollando mediante una suerte de iconos reconocidos y reconocibles (mayoritariamente sexuales, oh! la esencia humana) y un código de colores.

 

    Un código no escrito, pero mil veces estudiado. Supongo que sabrán ustedes esa leyenda urbana, con bien poco de leyenda, sobre el logotipo (o logosímbolo, para ser más políticamente correctos) de McDonlad’s y el concepto del fast food.


        «Los colores influyen en nuestro estado anímico y comportamiento, dando lugar a diferentes colorterapias que prometen solucionar todos los problemas del universo».


    Ese rojo «rechamante» (vocablo gallego de lo más acertado en este caso, que implica la acción de captar una y otra vez nuestra atención) y ese amarillo irritante y corrosivo, consiguen convertirnos en marionetas ansiosas que tan pronto nos vemos atraídas como luchamos por escapar.

 

    Así pues, está científicamente demostrado que los colores influyen en nuestro estado anímico y comportamiento, dando lugar a diferentes colorterapias que prometen solucionar todos los problemas del universo.

 

    Pero bien, en cualquiera de estos casos (y lo mismo ocurre, mayoritariamente, en el resto de las ocasiones) el color es un medio y no un fin.

 

    Hace tiempo que me pregunto si el color rojo puede ser considerado un objeto, tiene demasiada presencia como para no serlo.

 

    Pero es por ello cuando, sin que realmente nos incumba, al pasearnos entre la correspondencia que ellos mantienen (J. Berger y J. Christie – dirigida e hilada por Eulalia Bosch), me pregunto si no es una conversación de a tres. Si el color no tiene la suficiente fuerza cómo para pegarle un giro al discurso, porque es ahí cuando el espectador deja de ser observador pasivo.

 

    Porque ellos no hablan de códigos establecidos, sino de percepciones personales. Evocaciones enraizadas en la experiencia. Y a ti, que se te iluminó la bombilla, no son ellos quienes te hablan (inmersos en su propia conversación) sino una mancha, entre página y página, que te cuenta mucho más de lo que quieres oír.

 

    ¡Ah! Vaya... ¿ya se van? Discúlpenme, como les he dicho, me emociono con facilidad. Que tengan un buen día.

 

    Recuerden que el horario de la biblioteca es de nueve de la mañana a una y media, y de las cuatro de la tarde a las ocho y media. Por favor, regresen cuando quieran.

 

    Muchas gracias.

 

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    [Imagen principal] Ángeles Díaz. I send you this cadmium red. (2014).

 

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