Elecciones para el desencuentro
SOCIEDAD

Elecciones para el desencuentro

    Desde Babel, los hombres estamos avocados al desentendimiento y el desencuentro. Entonces la traba era que cada uno de los obreros de aquella torre con expectativas de llegar al cielo hablaban idiomas diferentes, hoy, muchos siglos después de aquella leyenda con la que algunos explican el origen de las lenguas, personas que hablan el mismo idioma, que aprenden el del vecino o que incluso se parapetan tras un traductor son incapaces de ponerse de acuerdo en construir siquiera los cimientos de una civilización civilizada.


    Se nos permite elegir casi todo en nuestra vida, aunque está claro que no puedes decidir (al menos no antes de nacer) si quieres ser hombre o mujer, si quieres ser blanco o negro o si quieres nacer en España o Etiopía. Pero además de venir al mundo ya encasillados, a lo largo de la vida, casi a diario se podría decir, vamos organizándonos en grupos excluyentes. Las reglas la mayoría de las veces son claras: «no puedes pertenecer a éste si ya estás en aquel otro».

 

    Se nos vende que la oportunidad de elección es la garantía de libertad, pero se nos limitan las opciones. Vas enfrentándote a bifurcaciones en las que sólo hay una opción posible, sabiendo que si llegas a arrepentirte, si eres de esos a los que les gusta mirar atrás, pocas veces se te va a permitir volver a tomar el camino que no elegiste.

 

    Nunca te cruzarás con aquel que en la primera de tus elecciones eligió lo contrario a ti, es algo que tenemos asumido, pero tampoco tenemos la seguridad de acabar el final del camino con las personas que desde el principio han seguido tu misma senda y con las que al final puede decirse que tenéis mucho en común. Quizá llegue el día en que un despiste, un acto reflejo, un gesto de valentía o el simple olvido haga que uno en lugar de elegir A, tome el plan B. Puede que antes de la separación alguien diga «a ver si nos vemos pronto» pero seguramente la frase nunca llegue a los oídos de quien en ese momento ya está inmerso en su propio laberinto.

 

    Al principio las elecciones son sencillas, luego la cosa se va complicando y las ramificaciones (que unos ven como posibilidades y otros aprecian como desastre) se multiplican en un rosario de caminos que dirigen a sitios distantes y en muchos casos contrarios, aunque todos nazcan del mismo ramal.


        «Se nos vende que la oportunidad de elección es la garantía de libertad, pero se nos limitan las opciones».


 

    A veces acabas teniendo que elegir por no quedarte parado, por pertenecer a un grupo o por dejar de pertenecer a otro. Otras decides con decisión, bien por estar convencido de tomar la mejor opción o bien porque tienes claro la que no hay que tomar. Elegir al descarte el camino menos malo es otra forma de tener que elegir por obligación.

 

    Y así, cuando por fin la diferencia de idiomas no es el problema, cuando vivimos en un mundo globalizado y las fronteras deberían ser un simple sello en el pasaporte, los humanos seguimos sin saber construir nada juntos. Porque tú elegiste ser albañil o empresario, porque tú decidiste trabajar o dirigir, porque tú eres honrado o corrupto, porque tú eres de izquierdas o de derechas, porque tú tienes claro lo que quieres o lo que no quieres, porque tú eliges o eres elegido... Y eso es, en definitiva, lo que hoy en día entendemos por democracia.


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Pies de foto:


    [Imagen principal] Pieter Bruegel. La torre de Babel (1563). Museo del Arte de Viena.

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