¿Superhéroe, loco, actor o todo lo contrario?
CINE

¿Superhéroe, loco, actor o todo lo contrario?

    Es difícil plantear un texto sobre una película intentando contar poco de ella para no quitarle la emoción inicial a quien aún no la haya visto. Pero este texto intenta acercarse a una cinta de la que no debe contarse mucho a quien no la ha visto aún, para permitir disfrutarla de principio a fin. No cabe duda de que Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia) [Birdman or (The unexpected virtue of ignorance)], el quinto largometraje del mexicano Alejandro González Iñárritu, es una película que se sale de lo común y que invita a pensar, así que adentrarse en ella y en sus múltiples facetas es un placer y un reto a partes iguales.

 

 

- Búscame un actor, uno bueno. ¡Woody Harrelson!

- Está rodando Los juegos del hambre.

- Michael Fassbender.

- Está rodando la precuela de la precuela de X-Men.

- ¿Qué tal Jeremy Renner?

- ¿Quién?

- ¡Jeremy Renner! Le nominaron. El tipo de En tierra hostil. Es uno de los Vengadores. ¡Joder! ¿También le han puesto una capa? Increíble. Tú consigueme a alguien.

 

(González Iñárritu 2014)

 

 

    Ir a ver una película casi totalmente limpio de prejuicios es un auténtico regalo para cualquier aficionado al cine, una forma realmente emocionante de disfrutar del séptimo arte y de abrir la puerta a la posibilidad incierta de llevarse chascos monumentales, sorpresas enormes o, por qué no decirlo, simple indiferencia en alguna ocasión. De hecho, escribir sobre una película intentando no «destripar» demasiado su argumento o su desarrollo narrativo es una estupenda forma de compartir esa posible sensación de sorpresa con alguien que no la haya visto, mientras que puede servir también para compartir con quien sí la conozca de primera mano el propio hecho de rememorarla o nuevos aspectos y opiniones. Con estas premisas (que intentaré cumplir lo mejor posible a lo largo de estas líneas) me dispongo a reflexionar sobre una película de la que sólo conocía los nombres del director y un par de actores antes de disponerme en la butaca de una oscura sala de cine. Y me permito la osadía de intentar hacerlo sin ir más allá de ese límite que impida la sorpresa a quienes aún no la han «catado».

 

    El cineasta mexicano Alejandro González Iñárritu (México D.F., 1963) es un nombre de reconocido peso en el mundo del cine actual, uno de esos hombres para todo que, tras haberse dedicado a locuciones radiofónicas, empezó en el gremio de la gran pantalla como compositor de bandas sonoras para algunas películas mexicanas. Su primer largometraje, Amores Perros (2000), del cual fue tanto director como productor, es una ópera prima que consiguió deslumbrar por su crudeza y estilo directo. Pero sería su segunda película, 21 gramos (21 grams, 2003), la que generaría su espaldarazo internacional definitivo [1], haciéndole merecedor de ocupar un lugar de prestigio entre los grandes nombres detrás de las cámaras en el nuevo milenio. Tras Babel (2006), otro peldaño más en su exitosa carrera [2], y Biutiful (2010) [3], González Iñárritu firma en 2014 como director, productor y guionista de su quinto largometraje: Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia).

 

    Sin ánimo de quitarle la sorpresa a un desarrollo narrativo muy atractivo, sí que  merece la pena hacer una breve introducción al argumento de esta película, para después detenerse con mayor interés en algunos de sus aspectos más destacados. El personaje protagonista, un ya maduro Riggan Thomson, fue antaño una estrella de cine que consiguió reventar las taquillas y alcanzar un enorme éxito encarnando al superhéroe «Birdman», pero sus años de gloria parecen haber pasado y ahora pretende dar un paso más en su carrera dedicándose al teatro para desligarse de la fama de su álter ego fantástico en la pantalla, que tanta fama y tanto dinero le dio en su momento de esplendor como protagonista de blockbusters. Su prioridad ahora es llegar a realizarse plenamente como creador artístico bajando a las tablas teatrales, pero apuntando lo más alto posible, al circuito de Broadway, un mundo en el que los críticos son capaces de encumbrar a un autor o defenestrarlo de la noche a la mañana. Riggan se embarca como director y actor en una adaptación de la obra de Raymond Carver De qué hablamos cuando hablamos de amor (What We Talk About When We Talk About Love, 1981). El planteamiento parece bastante normal hasta ahora, pero Riggan no se encuentra en una posición demasiado cómoda, puesto que su entorno y sus propias decisiones le pasan factura y le llevan a una situación límite pocos días antes del estreno de la obra: divorciado hace tiempo, su hija, con la que al parecer casi no tuvo contacto y acaba de pasar por una desintoxicación de estupefacientes, le acompaña en labores de producción en el teatro, aunque con una comunicación realmente deficiente entre ellos; su productor parece ser su apoyo más cercano y su amistad más patente, por mucho que realmente se trate de su antiguo abogado, que decidió invertir en el teatro y echarle una mano en esta nueva andadura, aunque los tiras y aflojas entre ellos son continuos; su insegura actriz principal es una debutante en el circuito de Broadway; además, mantiene una aventura con una de las actrices de la obra, que incluso llega comentarle que está embarazada de él; y, para rizar aún más el rizo, su actor principal sufre un accidente en un ensayo, lo cual pone al director en una situación de total desazón, aunque la actriz protagonista consigue llamar como suplente a su propia pareja, un actor metódico con el que el proyecto parece incluso ganar en prestigio. Hecho todo este planteamiento, llegaría el momento de hablar del nudo (nunca del desenlace, mantengamos la intención ya comentada de no «destripar»): aparte de todos estos problemas a su alrededor, Riggan escucha una voz en su interior que no hace más que recordarle su esplendor de antaño encarnando al superhéroe «Birdman», además de desaprobar (de una forma harto bruta) su situación actual y de torpedearle sus ansias de éxito en esta nueva aventura teatral. Y hasta aquí debo contar, porque el desarrollo narrativo es, además de sorprendente, una de las grandes bazas de la película.


 

    Visto por encima el argumento para no molestar ni spoilear, merece la pena detenerse en el armazón y en «la cáscara» de esta película. Porque la narración es uno de sus puntos fuertes, pero su puesta en escena no lo es menos. Comencemos por el principio, por unos primeros segundos de película realmente turbadores en los que una cita de Raymond Carver sobreimpresionada [4], cuyas letras desaparecen poco a poco mientras aparece destacado el título «Birdman», da paso a una vista fugaz y casi imperceptible de una especie de cefalópodo varado en una playa, tras la cual se desvela el título completo de la película: «Birdman or (the unexpected virtue of ignorance)»; justo después se muestra la caída a toda velocidad hacia la Tierra de lo que parece un meteorito, que va dejando tras de sí una estela de fuego, siendo repentinamente cortadas en seco tanto la imagen como la música in crescendo por la primera escena, en la que el cuerpo semidesnudo de Riggan levita en medio de su camerino, frente a la ventana. Iñárritu apuesta fuerte en estos primeros segundos y anuncia al espectador que no está frente a una película «normalita», sino que habrá mucho más «que rascar», y así sucede a partir de entonces. En esos fugaces primeros segundos se dejan ver unos títulos de crédito que adquieren todo su esplendor al final de la película, cuya seña de identidad es la forma que tienen de aparecer y desaparecer las letras, una especie de juego visual que, todo hay que decirlo, consigue llamar la atención hacia ellos e incluso introduce cierto suspense y expectación. No estamos hablando de las míticas secuencias de títulos con los que Saul Bass deslumbrara en películas de Hitchcock, Wilder o Scorsese, pero sí de un estilo rompedor que, en el caso de los títulos finales, invita sin duda a verlos hasta el final, uno de esos «tics de cinéfilo» que en innumerables ocasiones quedan truncados e imposibilitados en las emisiones televisivas de películas, y a veces incluso en salas comerciales de cine que empiezan a «invitar» a ser desalojadas con el encendido de luces y demás «lindezas».

 

    En cuanto a la música de Birdman, también presente desde esos primeros instantes de la película, se distinguen perfectamente dos estilos bastante diferentes entre sí, el jazz y la música clásica. Por un lado tenemos la percusión que firma el mexicano Antonio Sánchez [5], que debutaba en el terreno cinematográfico con su aportación a la banda sonora de esta película, en la que deja su impronta de especialista en improvisación jazzística para aportar un ritmo en ocasiones endiablado que ayuda mucho a que la película no pierda ni un ápice de atención; su dinamismo se transmite a muchas de las escenas en movimiento, a la vez que ayuda a mantener la atención en momentos de patente suspense; además, es un estupendo apoyo para los mencionados títulos de crédito, siguiendo el ritmo de la aparición y desaparición de letras. Por otro lado, más allá de la escasa media hora de música original aportada por Sánchez, la banda sonora se nutre de música clásica de grandes autores como Mahler, Ravel, Rachmaninoff o Chaikovski, llegando a momentos de auténtico clímax épico, sobre todo cuando son los instrumentos de viento quienes se apoderan del ambiente.

 

    Uno de los mayores atractivos de la película, quizá el que más ríos de tinta esté moviendo, sea el de los movimientos de cámara a lo largo de todo el metraje. No en vano, González Iñárritu le encargó al también mexicano Emmanuel Lubezki [6] plantear todas las escenas de la película a base de planos secuencia con travellings casi continuos. Ni el director de fotografía ni el propio director han inventado nada nuevo, pero sí han conseguido un estilo realmente dinámico basándose en ilustres experiencias anteriores como la de Alfred Hitchcock en La Soga (Rope, 1948), una película en la que el director británico adentraba al espectador en el desarrollo argumental en muy pocos planos secuencia engarzados de una forma muy inteligente. Pero es muy probable que sea la sorprendente película El arca rusa (Russkiy kovcheg, Aleksandr Sokurov, 2002) la inspiración más cercana de este aspecto tan llamativo en lo visual, una cinta que llevaba al extremo el uso del plano secuencia al dar la sensación de que todo su metraje está rodado en una sola toma [7]. Los pasillos y las escaleras del teatro de Broadway en el que se desarrolla la mayoría de la acción de Birdman son el escenario perfecto para que los planos secuencia animados por travellings casi continuos sean aún más atractivos.


        «Es una obra excesiva (en el buen sentido de la palabra), apabullante por momentos e hipnótica, de las que te pegan al asiento».


 

     Otro de los aspectos en los que merece la pena detenerse es el gran reparto con el que cuenta la película. El papel principal, el que se lleva el gato al agua, el que llena la pantalla de principio a fin con una interpretación tan natural como explosiva, es el de Michael Keaton como Riggan Thompson; de hecho, su propia carrera cinematográfica tiene bastante paralelismo con su personaje, puesto que, tal y como su hija Sam le recuerda en la película, sus días de gloria pasaron desde que en 1992 tuviera su último éxito, algo que concuerda no sólo en fechas con su último papel en Batman vuelve (Batman returns, Tim Burton, 1992), sino también con el hecho de que encarnara a un superhéroe. Por debajo de Keaton, a mucha distancia en cuanto a participación y apariciones, queda el gran Edward Norton, que lo borda haciendo el papel del metódico (y problemático) Mike, el actor protagonista de la obra. Muy de cerca le sigue uno de los papeles más sorprendentes, el de una Emma Stone en plena ebullición interpretativa, que en esta película deja un papel bastante convincente de Sam, la peculiar (y también problemática) hija de Riggan. Del resto del reparto deberían ser nombrados un escueto y correcto Zach Galifianakis como Jake (el abogado y productor), el papel casi testimonial pero totalmente convincente de la veterana Lindsay Duncan como la crítica teatral Tabitha, o Naomi Watts como la actriz principal de la obra de teatro, si bien ésta realiza un papel extremadamente discreto.

 

    Si hay que poner un adjetivo a esta película es «poliédrica», porque Birdman no es sólo muchas cosas a la vez (algunas de ellas llevadas al extremo), sino sobre todo una película cuyas múltiples facetas invitan a verla más de una vez para poder apreciarla mejor en su totalidad. Está claro que la película no debería dejar indiferente a quien la vea y que tiene suficientes atractivos como para invitar a prestar atención a cada rincón de la pantalla a lo largo de su metraje. Es una obra excesiva (en el buen sentido de la palabra), apabullante por momentos e hipnótica, de las que te pegan al asiento. Hay quien la tilda de pretenciosa, de rizar el rizo en demasía, y hay incluso quien dice que ha llegado a aburrirse viéndola (algo que realmente me extraña, pero sobre gustos…), aunque quizá esa búsqueda de un estilo impactante en su conjunto y no necesariamente en cada escena es lo que le da un valor innegable. Además, plantea bastantes enigmas y equívocos, alejándose de otro tipo bastante generalizado de cintas que ofrecen al espectador un desarrollo (a veces también un desenlace) demasiado claro y «masticado». Todo lo contrario, esta película ofrece la oportunidad al espectador de pensar por sí mismo, de completar lo que el director va aportando de forma a veces algo vaga y otras incluso algo difusa, aunque estos dos adjetivos (vago y difuso) no son necesariamente negativos en esta cinta. Birdman consigue atrapar desde sus títulos de crédito iniciales acompañados de la música de Antonio Sánchez hasta un desenlace fuera de lo común.

 

    Llegados a este final del texto, espero no haber roto mi intención inicial e insisto en la recomendación a dejarse sorprender por Birdman por primera vez o degustarla alguna que otra vez más. Hay que verla para juzgarla, echarse en los brazos de González Iñárritu, de Lubezki, de Sánchez. Es entonces cuando uno tiene los suficientes datos para discernir si esta interesante mezcla de creación, retos personales, miedos, locura y estupefacción tiene más de fantasía que de drama, y si el personaje de Michael Keaton es un actor de cine, un creador teatral, un loco peculiar o un superhéroe.


 

 

Nota final: qué pasa tras los Oscar. 

 

    Pues que Birdman ha sido la gran ganadora de la octogésimo séptima edición de los Premios de la Academia del Cine, cuya gala se celebró la noche del 22 de febrero de 2015. Con cuatro estatuillas, empataba en número con los logros de otra de las grandes favoritas, El Gran Hotel Budapest (The Great Budapest Hotel, Wes Anderson, 2014), pero la cinta de González Iñárritu se lleva cuatro de las principales. De hecho, el propio cineasta mexicano subió al escenario a recoger tres de ellas (Mejor Película, Mejor Director y Mejor Guión Original), además del galardón al «Chivo» Lubezki por su excelente trabajo de Dirección de Fotografía.

 

    Los Oscar no suelen ser para nada un dechado de virtudes en cuanto a objetividad, y hay mucha polémica detrás de las decisiones de la Academia para elegir los galardones (algo lógico, por otra parte, en la enorme mayoría de los premios dentro o fuera de la cultura). Son ilustres los ejemplos de películas o cineastas que nunca han recibido un Oscar, pero no cabe duda de que estos premios, aparte de su relatividad y subjetividad, son un excelente escaparate para los aficionados al cine de todo el mundo. De hecho, el caso de que dos mexicanos (Cuarón con Gravity y González Iñárritu con Birdman) hayan sido los grandes ganadores de los premios de 2014 y 2015 de los Oscar ha dado pie incluso a reivindicaciones de esta «enorme minoría» de mexicanos en Estados Unidos en la propia ceremonia. A destacar el momento mismo en que Sean Penn abría el sobre de la categoría de Mejor Película, al preguntar justo antes de anunciar a Birdman como ganadora «¿Quién le dio a este hijo de puta una Green card?» [8], un comentario en tono de broma que no entiendo cómo ha podido ser malinterpretado, habida cuenta de la reconocida amistad de Penn y González Iñárritu desde el rodaje de 21 gramos, y siendo precisamente un comentario para remover conciencias. Acto seguido fue el propio director el que envió un mensaje de apoyo a sus compatriotas en México para intentar construir un país mejor (no cabe duda de que los cercanos episodios de violencia y corrupción en el país son bastante culpables de estas palabras) y a los estadounidenses para respetar a los actuales inmigrantes mexicanos en el país, para ser igual de respetuosos que con las anteriores etnias de inmigrantes que forjaron la multiculturalidad de Estados Unidos.


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Pies de foto:


    [Imagen principal] A. González Iñárritu (2014) Birdman or (The unexpected virtue of ignorance) [Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia)].


    [Segunda imagen] A. González Iñárritu (2014) Birdman or (The unexpected virtue of ignorance) [Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia)].


    [Tercera imagen] A. González Iñárritu (2014) Birdman or (The unexpected virtue of ignorance) [Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia)].

 

 

Notas:

 

    [1] Por primera vez una película suya conseguía asomarse a los Oscar, con dos nominaciones para su reparto: Naomi Watts a la Mejor Actriz y Benicio Del Toro a Mejor Actor de Reparto.

 

    [2] La película obtuvo siete nominaciones en los Oscar: Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actriz de Reparto (por partida doble: Adriana Barraza y Rinko Kikuchi), Mejor Guión Original (Guillermo Arriaga), Mejor Montaje (Stephen Mirrione y Douglas Crise) y Mejor Banda Sonora (Gustavo Santaolalla). Finalmente conseguiría el Oscar a la Mejor Banda Sonora, un premio que repetiría en los BAFTA británicos, mientras que en los Globos de Oro ganaría en la categoría de Mejor Película (Drama), y el propio González Iñárritu sería premiado en el Festival de Cannes como Mejor Director.

 

    [3] La cinta estuvo nominada en diversas categorías y en diferentes certámenes y festivales internacionales, como el caso de los Oscar en las categorías de Mejor Película de habla no inglesa y Mejor Actor (Javier Bardem). Precisamente sería uno de los momentos de mayor gloria para Bardem, quien, tras haber conseguido en 2007 su Oscar al Mejor Actor de Reparto por No es país para viejos (No country for old men, Joel & Ethan Coen, 2007), recibiría por su papel protagonista en Biutiful el premio al Mejor actor tanto en Cannes como en los Goya, siendo éste su quinto “cabezón” en los Premios de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España.

 

    [4] Se trata de su poema Late fragment, que precisamente puede leerse en la lápida de su tumba:

«And did you get what /you wanted from this life, even so? / I did. / And what did you want? / To call myself beloved, to feel myself

beloved on the earth».

«¿Y conseguiste lo / que querías de esta vida a pesar de todo? / Sí, lo conseguí. / Y, ¿qué era lo que querías? / Considerarme amado, sentirme / amado en la Tierra».

 

    [5] Sánchez (México D.F., 1971) es un amigo personal de González Iñárritu que comenzó muy joven como percusionista de jazz tanto en el terreno académico como en el profesional. Con varios discos en solitario hasta el momento, cabe destacar su aportación como músico para grandes nombres del jazz actual como Chick Corea, Pat Metheny o Avishai Cohen.


    [6]  Emmanuel «Chivo» Lubezki (México D.F., 1964) es un profesional del cine en labores como producción e incluso dirección, pero es conocido sobre todo por su faceta de director de fotografía. Comenzaría en este campo en producciones menores durante la década de 1980, dando el salto a los largometrajes en la de 1990 en películas de importantes directores mexicanos como Alfonso Cuarón o Alfonso Arau. Precisamente por su trabajo en una cinta de Arau, La princesita (1995), recibe su primera nominación al Oscar. Pronto da el salto a grandes producciones internacionales (principalmente estadounidenses), y sigue recibiendo nominaciones a los Oscar a las órdenes de grandes nombres como Tim Burton o Terrence Malick, consiguiendo finalmente el Oscar en 2014 con Gravity (2013), dirigida por su compatriota Alfonso Cuarón.

 

    [7] La sensación de rodar en una sola toma los casi 100 minutos del metraje de El arca rusa vienen avalados por las declaraciones de su director y el equipo en general, con una planificación de meses para conseguirlo. Aún así, hay quienes dudan de la veracidad de esta toma única, aunque eso ya sería otra historia…

 

    [8] La Green card es una tarjeta para los extranjeros en Estados Unidos que les otorga el permiso de residencia permanente.

 

     GONZÁLEZ IÑÁRRITU, A. (director) (2014) Birdman or (The unexpected virtue of ignorance) (Largometraje, 119 min.) Estados Unidos: New Regency, M Productions, Le Gribsi.

 

    Ficha técnica en IMDb: http://www.imdb.com/title/tt0015064/

 

    Ficha técnica en FilmAffinity: http://www.filmaffinity.com/es/film559192.html 

 

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Comentarios
[02 mar 2015 11:03] Luiki Alonso escribió:
Chapó Dávila!, has conseguido hablar de ella sin destripar lo más mínimo. Sin duda me quedo con lo de poliédrica, es lo que mejor define esta pieza. ENHORABUENA!
[02 mar 2015 11:17] Miguel Dávila escribió:
Muchas gracias, Luiki. El reto era importante, tanto por tiempo como por frenar un poco la máquina "destripadora" (en este caso, el "no destripe" era nivel experto, jejeje).
Me alegro de que te haya gustado. De hecho, sin tus ánimos iniciales, no me habría embarcado en este texto.
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