Respeto por la naturaleza y fantasía en el Japón Rural
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Respeto por la naturaleza y fantasía en el Japón Rural

    Tonari no Totoro es un largometraje de animación japonés y el cuarto como director de Hayao Miyazaki, un artista imprescindible en la historia del anime y del cine de animación mundial, conocido también por ser el cofundador del mítico y muy influyente Studio Ghibli. Precisamente esta película se enmarca en una fecha clave para este estudio, puesto que en 1988 coincidieron en él dos proyectos muy ambiciosos y de planteamientos muy diferentes que, con el tiempo, se convertirían en dos de los títulos más aclamados y reconocibles del sello Ghibli: el entrañable film que nos ocupa, de Miyazaki, y la mucho más dura y realista La tumba de las luciérnagas (Hotaru no Haka), de Isao Takahata (cofundador también del estudio).

 


        «Qué árbol tan hermoso. Este árbol lleva aquí... miles de años. Hace mucho tiempo los hombres y los árboles eran buenos amigos». (Tonari no Totoro)

    

    La trama de Tonari no Totoro comienza con el traslado del profesor Kusakabe junto a sus pequeñas hijas Mei y Satsuki a una zona rural; para estar cerca del hospital donde su mujer se recupera de una enfermedad. En su nueva y algo descuidada casa, las pequeñas descubren asombradas unas pequeñas criaturas, aunque una anciana vecina les tranquiliza diciéndoles que son simples «duendes del polvo» que ocupan casas viejas y vacías, y que pronto abandonarán la suya. Tras adecentar la casa y comenzar con sus rutinas, el padre y las pequeñas visitan a su madre en el hospital; donde las noticias son muy alentadoras y parece que pronto toda la familia podrá estar unida de nuevo. Mientras Satsuki va al colegio y el profesor se enfrasca en sus estudios, Mei juega tranquilamente en el jardín, y allí descubre la existencia de los «totoros», unos peculiares y enigmáticos animales del bosque. Al reencontrarse con los suyos, Mei intenta convencerles de su descubrimiento, pero no tiene pruebas de ello, aunque su padre le consuela diciendo que bien podrían ser espíritus protectores del bosque que viven en armonía con la naturaleza, y que «sólo se dejan ver cuando ellos quieren».

 

    La vida sigue, y la siguiente en ver a los «totoros» será Satsuki, que se convertirá, junto a Mei, en testigo de un mundo maravilloso y fantástico. Un buen día, las pequeñas, que veían muy cercano el momento de reencontrarse con su madre, reciben un inquietante telegrama del hospital, y todo se vuelve patas arriba; sobre todo porque su padre se encuentra lejos, en su universidad. Es el momento en que el mundo fantástico y el real se conectan frente a los ojos de Mei y Satsuki.

 


 


    El argumento, escrito por el propio Miyazaki, demuestra una clara intención de homenajear al Japón rural de la década de 1950. Una época que se antoja idílica y esperanzadora para el país: después de la dureza y el sufrimiento durante la guerra y la inicial postguerra.

 

    En la película aparecen prodigiosos personajes surgidos de la imaginación de Miyazaki: los pequeños duendes del polvo, unas criaturas entrañables que no parecen más que una bola de hollín; los 3 «totoros» (pequeño, mediano y grande), animales a caballo entre conejos y gatos monteses (de hecho, Miyazaki se inspiró en un gato montés de un manga para crear estos espíritus del bosque); o el espectacular «gatobús», un prodigio de la imaginación con varios pares de patas en vez de ruedas, ratas de ojos incandescentes como faros, y un interior «muy mullido».

 

    Ciertos aspectos de la película parecen responder a la influencia de los relatos de literatura universal que impregnan la filmografía de Miyazaki, en este caso el clásico de Lewis Carroll Alice’s adventures in wonderland (Alicia en el país de las maravillas, 1865). Así, el «gatobús» puede remitir al Gato de Cheshire, mientras que el pasadizo por el que Mei se adentra persiguiendo a los «totoros», así como el hogar de éstos, recuerdan mucho a la guarida del conejo por la que Alicia se adentra en el texto de Carroll. Podría parecer, por tanto, que se trata de un film eminentemente fantástico, pero hay que destacar también el realismo superlativo que impregna la cinta; en el que la ambientación rural y natural se muestran de forma esplendorosa por medio de un trazo minucioso y lleno de numerosos detalles: desde gotas de lluvia cayendo en charcos, unas nubes y unas hojas de árboles con movimientos muy conseguidos, o pequeños animalitos que pueblan la cinta. Y todo ello mediante animación tradicional, sin atisbo de ningún adelanto técnico digital, y con la atenta supervisión de un minucioso y perfeccionista Hayao Miyazaki.


        «Hay que destacar también el realismo superlativo que impregna la cinta, en el que la ambientación rural y natural se muestran de forma esplendorosa por medio de un trazo minucioso y lleno de numerosos detalles».


 



    Además, esta película es un verdadero canto al respeto por la naturaleza; mostrando también un amable acercamiento a la bondad humana y un emotivo sentido familiar. No es de extrañar el gran impacto de la película, sobre todo entre la población infantil japonesa, si se tiene en cuenta un componente didáctico implícito muy claro en términos de ecologismo, fraternidad humana y superación de las adversidades. Y no hay que olvidar la fama alcanzada por su principal personaje fantástico, Totoro (creado por Kazuo Oga, director artístico de la película), que generó y sigue generando enormes ingresos para el Studio Ghibli en concepto de merchandising, convirtiéndose (en sus diversas formas) en el símbolo del estudio. De hecho, la fama de este personaje fantástico trasciende esta película, permitiéndole ir más allá para aparecer en otros títulos del sello Ghibli, e incluso traspasar las fronteras del anime para protagonizar cameos en Toy story 3 (John Lasseter, cabeza visible de la productora Pixar, se declara fan confeso de Miyazaki y del Studio Ghibli) o la irreverente serie South park. No puede dejar de citarse también la gran banda sonora firmada por el prolífico compositor japonés Joe Hisaishi, autor de la música en todas las películas dirigidas por Miyazaki, y que en este caso crea melodías de gran belleza con algunos momentos ciertamente brillantes y pegadizos.

 

 

 


    En esencia, una película de animación excepcional en lo técnico, con una intencionalidad que va más allá de lo infantil; para mostrar un mensaje universal de respeto por la naturaleza y de simbiosis con ella, y que destila amabilidad por doquier, siendo capaz incluso de arrancar más de una sonrisa y alguna que otra carcajada, ya sea con las ocurrencias de la pequeña Mei o con el encanto de los personajes fantásticos. Una película imprescindible que todo el mundo debería ver, al menos, un par de veces en su vida. Una buena forma de hacerlo sería visionándola cuando se es pequeño o joven, para volver a ella una vez, alcanzada la madurez. Quizá así pueda reconocerse en toda su amplitud la multitud de registros de esta joya de la animación mundial.

 

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Pies de foto:


[Todas las imágenes] Hayao Miyazaki (dir.) (1988) Tonari no Totoro (Largometraje 86'). Japón: Studio Ghibli.

 


Enlaces de interés:

 

Ficha técnica en FilmAffinity. Recuperado el 3 de enero de 2013, desde: http://www.filmaffinity.com/es/film646631.html

 

Ficha técnica en IMDb. Recuperado el 3 de enero de 2013, desde: http://www.imdb.com/title/tt0096283/

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Miguel Dávila
Disfruto el cine desde siempre. Lo investigo, escribo y charlo sobre él desde hace mucho.
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