Ojalá fuera la última de todas
CINE

Ojalá fuera la última de todas

    La Gran Guerra, la que después hemos conocido como Primera Guerra Mundial, es una de las coyunturas históricas más retratadas por el cine. La mayoría de las películas que se han acercado a ella han partido de planteamientos antibélicos y de cierta nostalgia, y la película francesa de 1937 La gran ilusión, dirigida por Jean Renoir, es uno de los paradigmas del cine pacifista en general. Más aún, es una de las películas más aclamadas de la historia del cine, cuyo mensaje humanista ha generado una gran influencia posterior, aunque tuviera que chocar con otra confrontación mundial poco después de su estreno. 

 

«La pregunta es clara. ¿Para qué sirve un campo de golf? Para jugar al golf. ¿Y el de tenis? Para el tenis. Pues un campo de prisioneros sirve para evadirse». (Renoir 1937) 

 

    El 28 de julio de 1914 estallaba la Gran Guerra, tras una situación ya de por sí tensa durante las décadas precedentes. Prevista en su inicio como un enfrentamiento de corta duración, circunscrito a Europa, de resultados decisivos y con pocas bajas se convirtió en una realidad catastrófica global de más de cuatro años de duración, con profundas y terribles consecuencias humanas, materiales y geopolíticas. Ahora que se han cumplido 100 años del inicio de este conflicto, que luego hemos conocido como Primera Guerra Mundial, es un buen momento para revisar la variada y numerosa filmografía que ha abordado este terrible conflicto, tan determinante a lo largo y ancho del planeta. Volver a ver el cine ambientado en aquella guerra de hace un siglo no sólo nos permite recordarla, sino también poder indagar en las razones que han llevado a recrearla en la pantalla en un momento dado y, yendo un poco más allá, desde un espíritu crítico, reflexionar sobre los conflictos en general.

 

    Desde el propio tiempo de desarrollo de la Gran Guerra hasta el presente, un amplio abanico de producciones cinematográficas ha tratado aspectos de la Gran Guerra, desde muy diversas procedencias y con multitud de perspectivas, aunque casi siempre con un poso de amargura y de profunda reflexión moral ante una barbarie que desbordó cualquier límite conocido del horror bélico y de sus consecuencias tanto para los combatientes como para la población civil. Ésta es quizá la razón que impulsa a la mayoría de películas que se ambientan en este conflicto a mostrar un espíritu antibélico y humanista, de superación de un terrorífico escenario sin precedentes y de esperanza en no volver a repetir semejante sinrazón. En este sentido, unas cintas deciden mostrar el horror de forma cruda y directa para generar rechazo, mientras otras apelan a este planteamiento antimilitarista al centrarse en un sentimiento positivo y de superación de las diferencias entre los contendientes enemigos.


        «La mayoría de películas que se ambientan en este conflicto muestran un espíritu antibélico y humanista, de superación de un terrorífico escenario sin precedentes y de esperanza en no volver a repetir semejante sinrazón».


    Precisamente este último caso tiene como ejemplo muy destacado a La gran ilusión (La grande illusion), una producción francesa de 1937 dirigida por Jean Renoir (1894-1979), prestigioso cineasta francés de mediados del siglo XX [1], que planteó esta cinta como un drama ambientado en pleno conflicto, aunque con un contenido decididamente antibélico [2] y un espíritu de humanidad muy acentuado que precisamente se confronta al contexto en el que se sitúa. De hecho, se trata de una de las películas de contenido pacifista que más suelen citarse y que mayor impacto ha tenido en la historia del cine, además de ser considerada como una de las mejores sobre ese conflicto, como uno de los grandes títulos del cine francés y como una de las cumbres de la filmografía de Jean Renoir, junto a la también aclamada La regla del juego (La règle du jeu, 1939).

 

    El título de esta producción proviene del libro The great illusion, escrito en 1910 [3] por el economista inglés Norman Angell [4], en cuyas páginas se calificaba a las guerras como absurdas, obsoletas y anticientíficas, abogando por la inutilidad de una confrontación en Europa debido al contexto de desarrollo económico de principios del siglo. A pesar del gran éxito de ventas del libro, su mensaje antimilitarista no fue muy afortunado, habida cuenta de la escalada que condujo al estallido del verano de 1914. Jean Renoir aprovecharía el gran impacto de este libro y su mensaje antibélico para utilizarlo como título para su película y hacerlo así reconocible por el gran público. El guión, firmado por el propio Renoir y el belga Charles Spaak (1903-1975), tiene varios condicionantes que lo impulsaron, comenzando por la propia experiencia de Renoir como piloto de reconocimiento del cuerpo de aviación francés durante la Primera Guerra Mundial, llegando incluso a ser hecho prisionero por los alemanes entre 1916 y 1918.

 

   Además, el director se reencontró en la década de 1930 con el general francés Armand Pinsard, con quien habría coincidido en el frente durante la guerra; sus relatos sobre las veces en las que fue hecho prisionero y sobre sus varias evasiones de  campos de prisioneros enemigos (alemanes) tendrían una profunda influencia en el desarrollo argumental. Por último, el libro Kavalier Scharnhost (1931) del militar, escritor y guionista francés Jean des Vallieres (1895-1970), fue otra inspiración, que de hecho generó una acusación de plagio por su autor, al comprobar tras el estreno de la película el gran parecido de algunas escenas con el contenido de su obra sin que mediara consentimiento para que Renoir y Spaak la utilizaran [5]. El proyecto estaba pensado específicamente para tener en los papeles principales a Jean Gabin y Pierre Fresnay, dos actores reconocidos del momento en Francia. De hecho, hasta que Renoir no pudo contar con Jean Gabin (1904-1976) [6], por entonces el actor más taquillero del cine francés, los productores Albert Pinkovitch y Frank Rollmer no se decidieron a financiar la película.

 

 

    La acción comienza en un momento indeterminado de la Gran Guerra, en un cuartel del cuerpo de aviación francés. Allí el capitán De Boeldieu (perteneciente a la aristocracia) solicita al teniente Maréchal (proveniente de una familia obrera) que le transporte al frente en un vuelo de reconocimiento. Acto seguido, las cámaras nos llevan a un campamento de aviación alemán, al que son conducidos los dos aviadores franceses, cuyo aparato ha sido abatido por el capitán von Rauffenstein (otro aristócrata). Éste trata a los prisioneros de una forma muy caballerosa y respetuosa, considerándoles como sus invitados, y no como meros prisioneros, sentándoles a su mesa e incluso presentando sus sentidos respetos ante una corona fúnebre dedicada por su escuadrilla a la memoria de un aviador francés muerto en combate. De Boeldieu y Maréchal son conducidos después a un campo de prisioneros aliados, donde gozan de un ambiente estricto, pero distendido y familiar, en el que sus carceleros son muy honrados, a pesar de las muchas y lógicas prohibiciones que pregonan. Una de las primeras cosas que comprueban al llegar allí es que, como en cualquier campo de prisioneros, la prioridad es fugarse, por lo que se suman al plan de escape de sus compañeros de habitación, un túnel que excavan como pueden por la noche y que debe conducirles hasta el exterior del campo. Mientras, los días pasan, y el correo es una de las pequeñas ventanas hacia el exterior de las que disponen los prisioneros. Los alemanes revisan los paquetes que llegan de forma regular, pero dejan pasar todo tipo de alimentos enviados por los familiares de los aliados para evitar tener que alimentarles ellos mismos; de hecho, la alimentación de los compañeros de habitación de De Boeldieu y Maréchal es mucho mejor que la del personal del campo, debido a que uno de ellos, Rosenthal, pertenece a una rica familia de banqueros judíos. En el correo también reciben periódicos que, junto a los carteles bilingües que se disponen en sitios visibles del campo, les mantienen informados (relativamente) sobre el transcurso de la guerra. Todos, carceleros y prisioneros, desean que la lucha termine cuanto antes, aunque los alemanes pueden permitirse ciertas alegrías cuando le llegan noticias positivas sobre la batalla de Verdún, mientras los franceses demuestran cierto sentimiento de impotencia (“Me fastidia estar aquí mientras los demás luchan”, dice Maréchal). Para hacer su estancia lo más entretenida posible, los cautivos aliados idean una función teatral que rememore la alegría de los cabarets parisinos, si bien tienen que ser rudos soldados aliados los que rememoren a las bellas bailarinas de cancán. En mitad de la representación, a la que también asisten como invitados los oficiales alemanes del campo, se recibe la noticia de la reconquista francesa del fuerte de Douamont en Verdún, lo que desemboca en un espontáneo arranque patriótico de los presos cantando La Marsellesa. La actitud desafiante de Maréchal en ese momento le lleva a una celda de castigo, mientras los vaivenes del frente en Verdún ejemplifican la futilidad de la guerra y su brutalidad, al tiempo que su moral se viene abajo e incluso tiene que ser consolado por sus centinelas. Sus compañeros de habitación tienen el túnel casi terminado para evadirse pero, una vez que Maréchal vuelve con ellos, todos los preparativos se van al traste, puesto que la misma noche planeada para la evasión todos son transferidos a otros campos de prisioneros. Tras pasar por varios campos, De Boeldieu y Maréchal van a parar a la aparentemente inexpugnable fortaleza de Wintersborn, donde se reunen de nuevo con Rosenthal. La fortaleza está comandada por von Rauffenstein, el orgulloso aristócrata alemán que tan bien les acogiera después de su derribo, y cuyas heridas de guerra le obligan a seguir sirviendo a su patria como mero funcionario. Von Rauffenstein repasa los intentos previos de fuga de De Boeldieu y Maréchal, y les advierte sobre la imposibilidad de escapar de allí, aunque su caballerosidad le lleva de nuevo a hacer que los prisioneros se sientan como en casa, aplicando incluso el reglamento militar francés. Pero el aristócrata alemán detesta su situación, y sólo encuentra consuelo con la compañía de De Boeldieu, con el que empatiza por razones de clase, entendiendo que entre caballeros de alta cuna todo será una simple cuestión de honor, mientras menosprecia a los miembros de las clases medias y bajas, un sentimiento que su colega francés también comparte, aunque ambos saben que el viejo orden está a punto de desaparecer con la guerra, así como la misma existencia de la aristocracia. Efectivamente, el ambiente del campo vuelve a ser muy amable para los prisioneros, pero la necesidad de evadirse continúa siendo la prioridad...

 

    Jean Renoir planteaba en una coyuntura ya bastante difícil en Europa una película que unía la nostalgia con la ilusión por el entendimiento entre las naciones y la paz. Esta cinta, al mostrar la caballerosidad y la humanidad que se respiran en la retaguardia, incluso entre carceleros y prisioneros, es un gran ejemplo de esa perspectiva pacifista del cine sobre la Primera Guerra Mundial, muy alejada de actitudes más belicosas y heroicas que gran parte del cine sobre la Segunda Guerra Mundial acostumbra a recalcar. En La gran ilusión los sentimientos son los mismos en ambos bandos: todos creen que la guerra dura demasiado, que las victorias son muy relativas por los muchos muertos que comportan, que deben reunirse con sus familias [7] y que deben hacer lo posible entre todos para que el conflicto termine. En este sentido, algunos diálogos son enormemente expresivos de este espíritu de concordia, mostrando el deseo de que la guerra acabe pronto o que sea la última, aunque siempre con un regusto amargo de desilusión frente al desarrollo de los acontecimientos.


 

    Otro de los grandes temas tratados en la cinta es la disyuntiva entre una aristocracia anticuada y anclada en el pasado, cuya caballerosidad ampulosa poco tiene que ver con el afán de supervivencia de las clases más humildes. No se trata de un alegato a favor de la lucha de clases ni un ataque directo a la vieja nobleza europea, pero sí se dejan claras sus diferencias con el resto, aunque el propio personaje de von Rauffenstein tenga el convencimiento de que la aristocracia desaparecerá tras la guerra. En este sentido, el hecho de que los personajes protagonistas (von Rauffenstein, De Boeldieu y Maréchal) sean aviadores, une un componente algo “romántico”, al no mostrar ningún combate y aprovechar precisamente la “limpieza” y sentido del honor que primaban aún en los diferentes cuerpos de aviación. Se trataba de una especie de reminiscencia de los nobles caballeros medievales, que ahora se habían convertido en aristócratas a lomos de rudimentarios aeroplanos con los que se batían en duelos. Realmente la realidad fue mucho más dura, y algunas de las actitudes de entendimiento entre enemigos del inicio de la película pueden llegar a resultar algo irreales, pero el sentido del honor de los aviadores (y más aún de los dos aviadores aristócratas enemigos) y el hecho de que el resto del argumento se desarrolle en campos de prisioneros alejó la perspectiva de la Gran Guerra como una sucesión de trincheras llenas de barro y piojos; para retratar esa realidad cruda y terrible hay otras ilustres películas como Sin novedad en el frente (All quiet on the Western Front, Lewis Milestone, 1930) o Senderos de Gloria (Paths of Glory, Stanley Kubrick, 1957).


        «En La gran ilusión los sentimientos son los mismos en ambos bandos: todos creen que la guerra dura demasiado, que las victorias son muy relativas por los muchos muertos que comportan, que deben reunirse con sus familias y que deben hacer lo posible entre todos para que el conflicto termine». 


    En el reparto, destaca el papel protagonista como Maréchal de Jean Gabin, uno de los actores más conocidos del cine francés del momento. Su propia calma frente a las cámaras puede restar enteros a su papel, pero no cabe duda de su gran naturalidad; por cierto, como nota curiosa, Gabin utilizó en la película un uniforme de aviación que había pertenecido al propio Jean Renoir durante la guerra. Quizá el otro gran papel sea el del ya veterano Erich von Stroheim como von Rauffenstein, un papel hierático y de corte aristocrático que le venía como anillo al dedo, y con un valor añadido, pues la mayoría de sus escenas tuvieron mucho de improvisación al tener problemas para comunicarse en francés con la mayoría del equipo, aunque no con Renoir (que sí entendía el alemán) o el asistente de dirección Jacques Becker (que sabía inglés). Hay que tener en cuenta, además, que con la inclusión de von Stroheim en el reparto Jean Renoir cumplía un sueño, al conseguir compartir rodaje con quien había sido su director favorito y el que le había impulsado a ponerse detrás de las cámaras. 

 

    En cuanto al impacto de la película, evidentemente suscitaría un rechazo enorme en el Tercer Reich alemán, cuyo ministro de propaganda, Goebbels, intentó por todos los medios hacerla desaparecer en cuanto Francia fue ocupada [8]. Y casi lo consiguió, pues sobrevivió una copia requisada en secreto por un oficial alemán, que la llevó a Berlín, y allí fue localizada por las tropas soviéticas.


    En cualquier caso, sí obtuvo éxito en otros países, siendo por ejemplo la primera película en habla no inglesa en ser nominada para la categoría de Mejor Película en los Oscar. Merece ser nombrada la paradoja en torno a ella en el Festival de Venecia del mismo 1937, puesto que el jurado la premió, a pesar de estar prohibida en Italia, y tuvieron que crear ex profeso la “Copa Volpi” para no entregarle la “Copa Mussolini”. De lo que no cabe duda es de su clara influencia posterior en los filmes posteriores sobre campos de prisioneros y planes de escape, como en Traidor en el infierno (Stalag 17, Billy Wilder, 1953), La evasión (Le trou, Jacques Becker, 1960) o La gran evasión (The great escape, John Sturges, 1963).


 

    En esencia, una película de claro contenido antibélico que hay que entender en su contexto histórico, en un año de 1937 con la amenaza del nazismo en ciernes y un ambiente demasiado caldeado en Europa. La cinta planteaba la ilusión de no repetir la terrible experiencia de la Gran Guerra, un conflicto que en Francia era denominado como “La Der des Ders” (“La última de todas” [las guerras]). Por desgracia la realidad pronto borraría el sueño pacifista y de concordia entre los pueblos (“todos somos humanos” es una frase que resume perfectamente este sentimiento) que planteó Renoir. Paradojas de la vida, así como fracasaron las ideas pacifistas del libro de Norman Angell (del que esta cinta tomó su título) poco después de su edición, el deseo de paz y el sentido antibélico de La gran ilusión también fracasarían demasiado pronto. Ojalá la Gran Guerra hubiera sido “la última de todas las guerras”, tal y como imaginó Renoir con esta propuesta de humanismo fílmico en 1937, pero la ilusión se vino abajo al desatarse en septiembre de 1939 esa otra guerra mundial, la que precisamente provocó que los libros de texto tuvieran que cambiarle el nombre a la de 1914-1918. El “ojalá” y la “ilusión” fueron superados por otra sinrazón que sacudió al mundo con el sufrimiento de millones y millones de soldados y de civiles.


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Pies de foto:


[Imagen principal] Jean Renoir (1937) La grande illusion (La gran ilusión).


[Segunda imagen] Jean Renoir (1937) La grande illusion (La gran ilusión).


[Tercera imagen] Jean Renoir (1937) La grande illusion (La gran ilusión).


[Cuarta imagen] Jean Renoir (1937) La grande illusion (La gran ilusión).

 


Notas al pie:


[1] Y segundo hijo del conocido pintor impresionista Pierre-Auguste Renoir (1841-1919).

 

[2] Lejos de lo que pueda parecer al tener un argumento en mitad de la Gran Guerra, en la pantalla no aparecen combates.

 

[3] Publicado en 1910 como libro, aunque provenía de su texto de 1909 Europe’s optical illusion.

 

[4] Por cierto, Premio Nobel de la Paz en 1933.

 

[5] Renoir y Spaak serían finalmente exculpados de la acusación.

 

[6] La unión de Renoir como director y Gabin como protagonista ya había coincidido en Los bajos fondos (Les bas-fonds, 1936) y repetiría después en La bestia humana (La bête humaine, 1938) y French Cancan (1954).

 

[7] Y no sólo por nostalgia del hogar o por reencontrarse con sus seres queridos, puesto que uno de los prisioneros franceses tiene serias sospechas de que es un “cornudo” al que su mujer está engañando.

 

[8] No sería definitivamente estrenada en las pantallas alemanas hasta 1948. En España tuvo que esperar hasta 1953.

 

 

Bibliografía y enlaces de interés:

 

CAMARERO GÓMEZ-ARTEAGA, Gloria. (2007). “Una versión caballeresca: la “guerra de guante blanco” o La gran ilusión”, en DE PABLO, Santiago (ed.) La historia a través del cine. Las dos guerras mundiales. Bilbao: Universidad del País Vasco.

 

PINUAGA, Álvaro y VAN DER VAART, Yannick (2010). Rodamos historia. Madrid: T & B.

 

ROMERO, Emilio G. (2013). La Primera Guerra Mundial en el cine. El refugio de los canallas. Madrid: T & B.

 

RENOIR, J. (director) (1937) La grande illusion (Largometraje, 109 min.) Francia: R.A.C.

 


Ficha técnica en IMDb:

http://www.imdb.com/title/tt0015064/

 

Ficha técnica en FilmAffinity:

http://www.filmaffinity.com/es/film559192.html

 

 

 


 

 

 

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Miguel Dávila
Disfruto el cine desde siempre. Lo investigo, escribo y charlo sobre él desde hace mucho.
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